Cuando pensamos en el país nipón, las luces de Tokio o los templos de Kioto acaparan la atención. Sin embargo, para los viajeros que buscan una inmersión profunda, existe un circuito alternativo que los ministerios de turismo deberían destacar más. Lejos de las multitudes, estas joyas ofrecen una estética y un silencio inigualables.
La magia de la isla de Teshima y el misterio del valle de Iya
Si bien Naoshima es famosa por su arte, su vecina Teshima es el verdadero secreto bien guardado. Aquí se encuentra el Teshima Art Museum, una estructura de concreto con forma de gota de agua donde no hay obras colgadas, sino que el arte es el agua misma brotando del suelo en un entorno de meditación absoluta.
Para los amantes de la naturaleza y la historia, el valle de Iya en la prefectura de Tokushima es una parada obligatoria. Conocido como el Tíbet de Japón, este rincón montañoso alberga antiguos puentes colgantes hechos de enredaderas y auténticas casas de techo de paja donde puedes hospedarte y desconectar del mundo moderno.
Gastronomía de montaña y el auténtico sabor rural
La experiencia en estas regiones apartadas no estaría completa sin sentarse a la mesa. En el valle de Iya el terreno es demasiado escarpado para cultivar arroz, por lo que los habitantes perfeccionaron el cultivo del trigo sarraceno. Probar los tradicionales fideos Iya soba, preparados a mano y servidos en un caldo caliente con vegetales forrajeados de la montaña, es reconectar con la tierra.
Además de la comida, el ritmo de vida en estas aldeas te enseña el verdadero significado del omotenashi, la legendaria hospitalidad japonesa, pero despojada de formalidades rígidas. Aquí te reciben como a un miembro más de la familia en un entorno donde el reloj parece haberse detenido.
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