La experiencia de ver Siete Veces Adiós seguro no es igual si no extrañas a alguien. Vivimos la función 877, otro, otro, otro —se escucha—, una chica entró guiando a un chico ciego hasta su butaca. No supe si era su novio o su hermano —esa delgada línea de cercanía que cuesta distinguir— muchas preguntas en mi cabeza, pero en ese instante el teatro se sintió más humano que nunca.

La función parecía tener complicidad con el mundo exterior: justo cuando los personajes hablaban de desamor, comenzó a llover, y por unos minutos pensé que el propio teatro tenía máquinas de sonido que imitaban la lluvia. Más tarde, a mitad de la obra, se fue la luz. Y aunque fue un error evidente, mi ingenuidad creativa me llevó a pensar que podía ser parte de la puesta, como cuando visitas un museo de arte contemporáneo y no estás seguro de qué es obra y qué es accidente.

En medio de estas pequeñas interrupciones, lo esencial seguía intacto: la gente dejándose llevar, emocionándose, incluso aquellos que entraban tarde a la sala con entradas en medio de la fila, desordenando la calma para recordarnos que el teatro, como la vida, no siempre es puntual ni perfecto.

Más Allá de la Historia de Siete Veces Adiós

La función también tuvo un tinte especial: fue la última presentación de Lety Sahagún en el elenco, y esa despedida se sintió en cada palabra y cada lágrima. Había una crudeza distinta en su interpretación, como si el personaje y la actriz se fundieran en una sola experiencia. Las lágrimas que corrieron en escena no parecían parte de un guion, sino la confirmación de que el teatro también es un espacio donde la vida misma se cuela entre los diálogos.

A su lado, la voz poderosa de Cess Enríquez fue una revelación. Su capacidad de transformarse en distintos personajes, con matices vocales y emocionales que iban del desgarro a la ternura, nos recordó que en esta obra no hay roles pequeños: cada interpretación suma a un mosaico colectivo donde todos cuentan.

Lo Que Distingue a Siete Veces Adiós

Más allá de la historia y las actuaciones, la verdadera columna vertebral de Siete Veces Adiós es su música. Cada canción funciona como un capítulo emocional que no solo acompaña a los personajes, sino que los empuja a revelar lo que no se atreven a decir en palabras. Es como si el amor —y el desamor— encontrara en la música su lenguaje más honesto.

El ensamble de músicos en vivo merece tanto reconocimiento como los protagonistas en escena. Guitarras, teclado, percusión y voces corales construyen atmósferas que viajan de la intimidad acústica a la explosión colectiva. No son simples acompañantes: están integrados como narradores invisibles, sosteniendo la tensión y liberándola cuando la historia lo exige.

Las canciones, que ya forman parte del cancionero emocional de muchos espectadores, son confesiones hechas melodía. Cada acorde parece diseñado para abrir un recuerdo, para tocar una herida. Hay piezas que duelen con sutileza, otras que golpean con fuerza, y todas juntas generan una banda sonora que el público sigue tarareando aún después de salir del teatro.

Si algo distingue a Siete Veces Adiós de otros musicales es que aquí la música no se siente impuesta: fluye como un latido compartido entre escenario y público. Esa honestidad sonora convierte la obra en una experiencia completa, donde los instrumentos también lloran, ríen y recuerdan.

Tal vez esta función no se vio, sino que se escuchó. El chico ciego que entró al teatro me lo recordó: a veces no necesitas ver la escenografía ni las lágrimas para entenderlo todo, porque la música ya lo dice por sí misma. En Siete Veces Adiós, las canciones cargan con la verdad más pura; son el puente entre quienes miran y quienes solo escuchan, y en ambos casos, el resultado es el mismo: una experiencia que se siente con el corazón.

Alan por el Mundo del Teatro

La escenografía merece un aplauso aparte: una plataforma giratoria en el suelo que, como un reloj o un corazón que late sin detenerse, nos va mostrando los ángulos del amor y sus aristas en constante movimiento. Es un recurso sencillo, pero profundamente simbólico: nos recuerda que las relaciones son dinámicas, que todo cambia aunque parezca estático. La idea original de Alan Estrada —sí, el mismo de Alan por el mundo— se confirma como una de las apuestas teatrales más importantes de la década en México: honesta, dolorosa, y al mismo tiempo llena de una belleza que solo el arte puede sostener.

Una Gira Para Todo México

Después de tres años en cartelera, más de 800 funciones y más de 500,000 espectadores, el fenómeno teatral regresa con fuerza: Siete Veces Adiós inicia su gira nacional 2025 con 20 fechas confirmadas entre septiembre y octubre, visitando 12 estados.

La gira recorrerá ciudades como Monterrey, Guadalajara, San Luis Potosí, Aguascalientes, Querétaro, León, Puebla, Xalapa, Veracruz, Cuernavaca, Mérida, Cancún y Toluca. En cada parada se presentarán las dos versiones de la obra: la original “Él y Ella” y la innovadora “Él y Él”, que ofrece una mirada honesta al amor entre iguales y a los retos de amar en un mundo que aún castiga lo diferente.

Una Historia que Sigue Latiendo

Con canciones que ya forman parte del cancionero emocional de quienes la han visto, el musical sigue siendo un puente entre el amor y el desamor. La presencia de Lamore, la personificación del amor mismo, es el hilo que conecta cada historia y recuerda al público que amar es un salto al vacío, necesario aunque duela.

Boletos y Preventas

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Siete Veces Adiós no es solo un musical: es un espejo que nos devuelve la certeza de que estamos vivos, aunque el amor a veces nos parta. Y ahora, con esta gira nacional, el eco de esa historia llegará a más rincones del país.

Nuestra Recomendación

Esta obra cuenta con la selección aleteo: la recomendamos mucho porque es fuerte, pero real. Te sacará una que otra risa, y muchas lágrimas. Puede ser dolorosa, pero sin duda te dejará algo que recordar y pensar. Es una obra que debes ver al menos una vez en tu vida, y si, como yo, no lo has hecho todavía, debes hacerlo.

Si quieres conocer más sobre teatro, música y experiencias culturales que nos sacuden y nos hacen pensar, sigue descubriendo en aleteo.

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